QUIENES APESTAN LA TIERRA
El auge de discursos extremos y la normalización del agravio están deteriorando los fundamentos democráticos. En este análisis se señala cómo la prisa, la desinformación y los viejos tics de la intolerancia vuelven a imponerse, y por qué la decencia colectiva sigue siendo el último dique.
Decía el poeta de los cantares y de los caminos que aquellos
“pedantones al paño” eran “mala gente que camina y va
apestando la tierra”. Una imagen que no pierde vigencia: demasiadas
sociologías del pasado han encontrado asiento en nuestro presente, y
no siempre para bien. Avanzamos distraídos entre acertijos sin
sentido que sólo buscan apartarnos de la enseñanza que debería
guiarnos en tiempos en los que lo viral desprecia a la
colectividad.
Habitamos un paisaje saturado de paralelismos
forzados, donde la verdad se desmiembra entre polaridades que
simplifican la existencia. Torcemos los argumentos por permanecer en
el bando que nos halaga, aunque ello suponga encumbrar autarquías
impropias de una sociedad democrática. Es, quizá, uno de nuestros
deportes predilectos: vencer aunque no convenzamos.
Nos
encaminamos hacia celebraciones cada vez más anticipadas,
arrastrando un malestar que anuncia mucho ruido y pocas nueces. Hemos
acelerado tanto el ritmo del conocimiento que terminamos por
trivializar lo esencial, olvidando que seguimos cabalgando sobre la
misma mula vieja, seducidos por una prisa que apenas sabemos
explicar.
Mientras tanto, la mayoría contempla en silencio cómo
se impone una premura insolidaria, repitiendo el cazo del oprobio que
cada día huele peor. Es una deriva extraña, que nos sonroja por
desleer los capítulos de nuestra propia historia, mientras algunos
deambulan refugiados en la nostalgia de sus silencios.
No cabe
duda de que el envalentonamiento de ciertos melancólicos ha
levantado una caravana de tristeza que poco dice de nuestro presente,
pero sí alimenta esa sombra negra que ya atormentaba a Machado. Al
repasar la alfombrilla del pasado descubrimos demasiados tics que hoy
sustituimos por clics, empeñados en seguir contaminando la
convivencia en lugar de fortalecer los valores que deberían ser
esenciales en cualquier poder que aspire a representar a la
ciudadanía con humildad y responsabilidad.
Aun con este camino
erosionado por nuestras propias manos, no deberíamos olvidar que
frente a la falta de decoro de algunos, persiste el silencio
vigilante de muchos: esa avanzadilla de decencia que ha sostenido
siempre la dignidad de las calles. No todo vale para mantenerse en el
candelero de la mentira ni para degradar al adversario. No todo sirve
para justificar la incapacidad de construir aquello que es básico en
una democracia libre: respeto, escucha y compromiso común.
Algo
empieza a oler a podrido cuando quien denuncia la injusticia termina
castigado. Llegará un momento en que las buenas gentes, las que
“laboran, pasan y sueñan”, vuelvan a pisar esta tierra con la
serenidad de saber que, como escribió Machado, “si es bueno vivir,
todavía es mejor soñar, y lo mejor de todo, despertar”. Tal vez
quienes hoy apestan la tierra sean, sin quererlo, el ruido final que
nos despierte de tanta deshonra.
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