CUANDO EL SILENCIO DEJA DE SER UNA OPCIÓN

 Hay gestos que no pertenecen al pasado, aunque se intenten justificar como tales. Palabras que se pronuncian desde la comodidad del prestigio, la fama o el poder, y que pretenden pasar por anecdóticas cuando en realidad forman parte de una estructura persistente: la del desprecio normalizado hacia las mujeres. 

En los últimos días, los episodios de acoso verbal y sexual —tanto en declaraciones públicas de figuras conocidas como en el trato recibido por periodistas mujeres en el ejercicio de su profesión— han vuelto a situar esta cuestión en el centro del debate público.



No se trata de un ajuste de cuentas cultural ni de una polémica coyuntural amplificada por las redes sociales. Se trata, esencialmente, de derechos. De la dignidad como principio irrenunciable de cualquier sociedad que aspire a llamarse democrática. Porque cuando una mujer es reducida a un cuerpo, a una insinuación o a una descalificación velada en un espacio público, lo que se pone en cuestión no es su carácter individual, sino el lugar que las mujeres ocupan o se les permite ocupar dentro de ese espacio común.

Durante décadas el silencio fue presentado como elegancia, aguante o incluso profesionalidad. Callar era el precio de pertenecer. Hoy sabemos que ese silencio no protegía: legitimaba. Por eso, cuando una periodista denuncia el acoso que sufre o cuando una mujer señala actitudes que antes se toleraban sin réplica, no está exagerando ni buscando protagonismo. Está ejerciendo un derecho básico: el de nombrar lo que se vulnera y quien lo hace.

Ya lo encontramos en los ensayos de la escritora Rebecca Solnit en 2014, refiriéndose a que “el silencio protege a los abusadores. Nombrar las cosas es el comienzo del cambio.”

El feminismo, en este contexto, no actúa como un movimiento de confrontación, sino como una herramienta de corrección democrática. No busca prohibir la palabra, sino exigir que la palabra no humille. No cuestiona la libertad, sino su uso irresponsable. Porque la libertad de expresión no es un salvoconducto para el abuso, y la nostalgia por ser o poseer nunca puede ser una coartada ética.

Resulta significativo que muchas de estas actitudes resurjan cuando las mujeres ganan visibilidad, autoridad y capacidad de influencia. El acoso aparece entonces como un mecanismo de disciplinamiento: una forma de recordar quién tiene derecho a hablar y en qué términos. Frente a eso, la respuesta no puede ser la relativización ni el chascarrillo indulgente, sino una defensa firme de los estándares democráticos que decimos compartir.

Una sociedad madura no es la que evita el conflicto, sino la que sabe abordarlo con principios. Escuchar a las mujeres, creer en su palabra y revisar comportamientos arraigados no empobrece el debate público: lo eleva. Nos obliga a preguntarnos qué tipo de referentes queremos, qué valores transmitimos y qué límites estamos dispuestos a fijar colectivamente.

El silencio ya no es una opción porque nunca fue neutral. Hoy, hablar de igualdad no es una consigna ideológica, sino una exigencia democrática. Y asumirlo no debería ser un gesto valiente, sino simplemente normal para una sociedad que camina por la tierra que sigue acunando la democracia.

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