LA INFANCIA EN LA VITRINA INFINITA
Hay una escena cotidiana que se repite en cualquier ciudad: una mesa
familiar en silencio, cuatro cuerpos inclinados sobre cuatro
pantallas. No es una distopía tecnológica; es la normalidad. Pero
cuando quien sostiene el dispositivo tiene trece o catorce años, la
pregunta deja de ser anecdótica y se vuelve política.
Las
redes sociales no son sólo herramientas de comunicación. Son
arquitecturas diseñadas para captar atención. Los estudios del
Joint Research Centre de la Comisión Europea advierten que la
adolescencia es una etapa especialmente vulnerable a sistemas basados
en recompensa inmediata y validación social constante.
La
evidencia científica es matizada, pero clara en un punto: el uso
intensivo se asocia con mayor riesgo de ansiedad, alteraciones del
sueño y síntomas depresivos. Investigaciones publicadas en
Scientific Reports del grupo Nature muestran que no todos los jóvenes
reaccionan igual, pero que la exposición prolongada y pasiva
incrementa la probabilidad de malestar. A ello se suma el dato
económico: la Harvard T.H. Chan School of Public Health ha estimado
que las plataformas obtienen miles de millones de dólares en
ingresos publicitarios vinculados a menores. La infancia no es solo
usuaria, es mercado.
La estética
infinita
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han ha descrito
nuestra época como una sociedad del rendimiento y de la
autoexposición permanente. En ese escenario, la identidad se
construye bajo la mirada constante de los demás. Para un cerebro
adulto ya es exigente; para uno en formación, puede ser devastador.
La comparación estética infinita, la métrica del “me gusta”,
la lógica del algoritmo que premia lo extremo o lo emocionalmente
intenso no son neutrales. Configuran el espacio simbólico en el que
los menores aprenden a mirarse.
Frente a este diagnóstico,
el Gobierno ha propuesto elevar a 16 años la edad mínima de acceso
a redes sociales, reforzando además los sistemas de verificación y
la responsabilidad de las plataformas. La medida se inscribe en una
corriente internacional: Francia ha legislado restricciones para
menores de 15 años; Australia ha impulsado prohibiciones amplias
para menores de 16; Portugal estudia esquemas de consentimiento
parental reforzado y el Reino Unido ha establecido obligaciones
estrictas de control de edad bajo su normativa de seguridad digital.
La esfera
pública
Quienes critican estas iniciativas invocan la libertad.
Pero conviene preguntarse: ¿libertad de quién? El filósofo alemán
Jürgen Habermas defendió la esfera pública como un espacio donde
la deliberación racional debía prevalecer sobre el poder económico.
Las redes sociales han ampliado esa esfera, sí, pero también la han
mercantilizado. Cuando el diseño algorítmico prioriza lo que genera
más permanencia y más ingresos, el interés comercial se superpone
al interés formativo. Por tanto, regular no es censurar, sino
equilibrar poder de unos pocos sobre la mayoría de la que viven.
La
infancia ha sido históricamente un territorio protegido por el
derecho. No se permite el trabajo infantil aunque un menor quiera
trabajar, no se consiente la publicidad ilimitada de ciertos
productos dirigida a niños. No por paternalismo, sino por justicia.
El principio es sencillo: cuando existe asimetría estructural entre
quien ofrece y quien recibe, el Estado democrático debe intervenir
para proteger al más vulnerable.
Retrasar el acceso a
redes sociales hasta los 16 años no resolverá todos los problemas.
La educación digital seguirá siendo imprescindible. La
corresponsabilidad familiar, también. Pero establecer límites
claros envía un mensaje: el desarrollo emocional y cognitivo de la
infancia no puede quedar subordinado a la lógica de la economía de
la atención.
La herencia digital
Porque cada generación hereda un mundo. La nuestra tiene la obligación de decidir si ese mundo digital será una plaza pública habitable o una vitrina infinita donde la infancia aprende demasiado pronto a exhibirse para existir como un producto en venta.
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