EL PRECIO DE LAS ARMAS, EL SILENCIO DE LAS PALABRAS

 



Hay frases que no describen el mundo, sino que lo ordenan. Lo colocan en filas, lo dividen en buenos y malos, en quienes cuidan a su gente y quienes la abandonan. La reciente declaración del secretario de Defensa estadounidense, Pete Hegseth, pertenece a esa categoría: “Irán gasta en armas en lugar de cuidar a su población.”

Dicho así, parece una verdad sencilla. Casi doméstica. Señalar que Irán “gasta en armas en lugar de cuidar a su gente” no es solo una crítica geopolítica; es, sobre todo, un intento de situar la superioridad moral en el terreno económico. Una narrativa que simplifica, reduce y, en la mayoría de los casos, oculta más de lo que explica.

“Todas las guerras son, en esencia, guerras contra los civiles”, escribió Noam Chomsky. Y en esa frase cabe una verdad incómoda: que los discursos sobre seguridad suelen construirse lejos de quienes pagan su precio real. Porque cuando se habla de armas, se habla también de hospitales que no se construyen, de escuelas que se posponen, de vidas suspendidas en una promesa de estabilidad que rara vez llega.

Irán no es inocente. Pero tampoco lo son quienes señalan desde tribunas blindadas por presupuestos militares que superan cualquier escala imaginable. Estados Unidos, la gran potencia que marca el ritmo, sostiene el mayor gasto en defensa del planeta. Israel, aliado estratégico, vive en una lógica de excepción permanente donde la seguridad se mide en capacidad de respuesta armada.

La pregunta, entonces, no es si Irán gasta demasiado en armas. La pregunta es por qué ese argumento se vuelve ético solo cuando señala hacia fuera.

En ese paisaje de certezas impostadas, España ha optado por una incomodidad que, quizá por eso mismo, resulta significativa. El Gobierno ha rechazado sumarse a una escalada bélica contra Irán y ha puesto límites al mandato de aumentar el gasto militar hasta el 5% del PIB dentro de la OTAN.

No es una decisión menor. Es, en cierto modo, una forma de disentir sin romper. De permanecer sin alinearse del todo. De recordar que la seguridad no debería medirse únicamente en términos de amenaza, sino también de cuidado.

Porque hay otra forma de leer el mundo. Una que no aparece en los comunicados oficiales ni en las ruedas de prensa. Una que entiende que el verdadero poder no es la capacidad de destruir, sino la de sostener la vida.

“Los poderosos pueden matar a uno, a diez, a cien… pero no pueden matar las ideas”, dijo Salvador Allende en su última alocución. Quizá hoy habría que añadir algo más: tampoco pueden imponer, sin resistencia, una única forma de entender la seguridad.

España, con todas sus contradicciones, parece insinuar esa resistencia. No como gesto heroico, sino como duda. Y en tiempos de guerra, dudar —no aceptar sin más la lógica del rearme— puede ser una de las formas más honestas de posicionarse.

Quizá la cuestión de fondo no sea cuánto gasta Irán en armas, sino por qué el gasto militar sigue siendo, en pleno siglo XXI, la medida principal del poder y la seguridad. Y, sobre todo, quién decide cuándo ese gasto es legítimo y cuándo se convierte en una amenaza.


Porque si el bienestar de la población es el criterio, la coherencia debería ser universal. Y eso, hoy por hoy, sigue siendo la excepción.

Comentarios

Entradas populares de este blog

EL HÁBITO OLVIDADO

CUANDO LA VERDAD SE DISFRAZA DE MENTIRA

LUZ DE CANDIL