LA TURBULENCIA DE LOS DEMAGOGOS Y LA FRAGILIDAD DE LA DEMOCRACIA
Advertía Platón en su teoría del Estado educativo que “la turbulencia de los demagogos acaba por derribar los gobiernos democráticos”. Quizá, gracias a su teoría de la reminiscencia, no necesitó vivir los siglos posteriores para reconocer en la historia esa repetición cíclica de los mismos errores: el abuso del miedo, la erosión de la razón pública y la seducción del poder sin límites.
Han bastado apenas unas horas del nuevo año para volver a presenciar excesos polarizantes propios de un orden mundial cada vez más frágil, donde la inseguridad regresa a un tablero internacional fragmentado y sometido a la desidia —cuando no al cálculo interesado— de demasiados gobernantes. Llevamos tiempo atrapados en turbulencias interesadas, pescando relatos que responden a ideologías enquistadas en nódulos de poder que deterioran los equilibrios sociales y elevan intereses privados por encima del bien común.
Podría decirse que arrastramos décadas de orfandad de valores públicos. Una ausencia que ha permitido que la retroalimentación democrática quede en manos de unos pocos, mientras se vacía de contenido la participación ciudadana. No es un diagnóstico alarmista: desde la propia geopolítica contemporánea se constata que una parte sustancial de la población mundial vive hoy bajo regímenes autoritarios o sistemas híbridos, donde el orden económico se rearma sistemáticamente por encima de las necesidades sociales y de los derechos básicos.
Reconozcamos también que hemos consumido demasiados motines intelectuales como para no identificar ese populismo plomizo que sabe apropiarse de banderas y libertades mientras las vacía de sentido. Son tiempos en los que lo impropio se disfraza de normalidad, aderezado con la demagogia de quienes hace más de ocho décadas renunciaron a la decencia de las formas para instalarse en el oprobio del fondo.
Entretanto, una ciudadanía que se creía asentada en un movimiento continuo de progreso parpadea ante un relato de posiciones enfrentadas, donde el blanco y el negro parecen imponerse a la necesidad básica de respetar la justicia y los derechos humanos. La complejidad desaparece, y con ella, la responsabilidad ética del debate público.
El viejo año se cerró con una escalada deshumanizadora en la que la indiferencia comenzó a normalizar la falta de respeto hacia los muertos y el hambre. Nos ha costado asumir que la invasión de territorios y la destrucción de sociedades rompen cualquier idea de igualdad y dejan a la intemperie una noción pueril de libertad, utilizada como coartada para rearmar la indecencia política.
Este 2026 arranca con demasiada crudeza como para seguir etiquetando de continuismo lo que no es más que insolvencia social y estancamiento ético. Nadie debería justificar un poder unidireccional que esquiva los controles democráticos y legitima gobernanzas híbridas que arrastran a las sociedades hacia el oportunista de turno.
Tal vez haya llegado el momento de devolver esa turbulencia insoportable a quienes deambulan a salto de mata sobre la dignidad de la política. A quienes, con su irresponsabilidad calculada, ponen en riesgo el valor imperecedero de la libertad de los pueblos.

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