EL VIENTO QUE TODO LOS PUEDE
Cuando quienes deberían cuidar la palabra pública convierten la descalificación en argumento, el debate democrático pierde profundidad y la ciudadanía queda atrapada en el ruido Vivimos una actualidad llena de palabras que dejan de ser herramientas sociales para convertirse en armas destructivas. Se lanzan desde una tribuna parlamentaria, se repiten en una rueda de prensa, se recortan para las redes sociales y terminan circulando como pequeñas piezas de una batalla que parece no tener descanso. El insulto ha dejado de ser, en demasiadas ocasiones, un desbordamiento puntual de la política para integrarse en su lenguaje cotidiano. Como un viento desbordado que deja un panorama social excesivamente resquebrajado para intentar reconstruir el respeto y la apariencia de libertad. Y claro que la crítica es necesaria, porque el desacuerdo forma parte de la democracia. La denuncia de una mala gestión, de una decisión injusta o de una responsabilidad política no solo es legítima, sino impre...