DEVOLVER EL NOMBRE A QUIENES YA ESTABAN
Cada cierto tiempo, Europa vuelve a discutir lo mismo como si fuera nuevo: qué hacer con quienes viven entre nosotros sin papeles. Se habla de leyes, de fronteras, de amenazas abstractas. Rara vez se habla de personas. Y, sin embargo, la regularización aprobada esta semana en España no inaugura nada extraño: se limita a reconocer una realidad que ya existe.
La regularización
aprobada esta semana por el Gobierno español se inscribe en esa
tradición. Conviene subrayarlo desde el inicio: no crea migración,
sino que reconoce una realidad existente. Personas que viven aquí
desde hace años, que trabajan —muchas veces en condiciones
precarias—, que cuidan, limpian, construyen y sostienen sectores
enteros de la economía, pero a las que el sistema mantiene en un
limbo jurídico. Invisibles para la administración, aunque
imprescindibles para la vida cotidiana.
España y Europa
lo han hecho antes. Italia, Portugal, Francia. España en 2005. No
fueron gestos excepcionales ni saltos al vacío. Fueron decisiones
políticas para resolver una contradicción evidente: exigir
integración a quienes se mantiene deliberadamente fuera del sistema.
Los datos posteriores fueron claros —más empleo declarado, más
cotización, menos economía sumergida—, pero el verdadero efecto
fue menos cuantificable: la salida del miedo.
Porque
la irregularidad no es solo una situación administrativa. Es una
forma de vida marcada por el silencio, la explotación y la
imposibilidad de reclamar derechos. Mantenerla no protege el orden
legal: lo degrada. Regularizar no es premiar, es restituir lo básico.
El derecho a trabajar sin ser abusado. A enfermar sin esconderse. A
existir sin pedir perdón.
Europa se debilita cuando
convierte la exclusión en norma y el miedo en argumento. Se
fortalece cuando recuerda que el Estado de derecho no se mide por su
capacidad de expulsar, sino por su compromiso con la dignidad
humana.
Como advirtió el jurista y ex relator de Naciones
Unidas, François Crépeau, la irregularidad administrativa no puede
convertirse en una condena permanente a la ausencia de derechos.
Regularizar, en el fondo, no es una concesión: es una forma de
volver a llamar democracia a lo que pretende serlo.

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