LA CRUZ QUE LEVANTA EL MUNDO
Cada primavera, las calles de tantas ciudades se llenan de pasos, de silencio y de un dolor ritualizado que parece pertenecer a otro tiempo. Es esa Semana Santa que convierte el sufrimiento en memoria compartida: un hombre inocente, condenado por el poder, ejecutado ante una multitud que oscila entre el miedo y la indiferencia. Es un relato antiguo, pero no ajeno.
Mientras las imágenes avanzan entre cirios y tambores, el mundo vuelve a parecerse demasiado a ese escenario: la misma indiferencia, pero también el mismo miedo.
La reciente escalada de la guerra en Irán ha reactivado una lógica conocida: la del enemigo absoluto, la del castigo preventivo, la de los daños colaterales que siempre acaban teniendo nombre y rostro. Las cifras —con demasiados muertos, desplazados y ciudades heridas— corren el riesgo de volverse abstractas. Pero lo cierto es que detrás de cada número hay vidas interrumpidas, familias deshechas e historias que no llegarán a contarse.
En paralelo, al otro lado del Atlántico, miles de personas han salido a las calles de Estados Unidos para alzar su voz frente a tanta indolencia. No a la guerra, no a la deriva autoritaria, no a la normalización de una violencia que se presenta como inevitable. En un tiempo en el que la política internacional parece blindada frente a la voluntad popular, esas marchas recuerdan que la conciencia cívica sigue viva.
Hay algo profundamente simbólico en esa coincidencia: mientras unos conmemoran la muerte de un inocente, otros intentan evitar que la historia se repita.
El escritor Albert Camus escribió en La peste que “lo que se aprende en medio de las plagas es que hay en los hombres más cosas dignas de admiración que de desprecio”. No hablaba de guerras, pero podría haberlo hecho. Frente a la devastación, siempre emerge una forma de resistencia silenciosa: la de quienes cuidan, protestan, acompañan y denuncian. Es ahí donde esa resistencia pone a prueba su sentido más profundo.
Desde Aristóteles, la política no era solo poder o gobierno, sino la búsqueda del bien común en la polis: una actividad ética, inseparable de la vida buena. No se trataba únicamente de organizar la sociedad, sino de hacer posible una vida digna para todos.
Por su parte, la Semana Santa contemporánea no es solo una tradición religiosa; es también un relato sobre el abuso del poder y la fragilidad de la justicia. El proceso contra Jesús de Nazaret —rápido, interesado, condicionado por el miedo al conflicto— resuena incómodamente en cualquier contexto donde la fuerza se impone sobre el derecho.
La cruz no es solo un símbolo de fe, sino una imagen compleja: en ella se cruzan el dolor y la decisión, el poder y la resistencia, lo individual y lo colectivo. Por eso sigue siendo una metáfora vigente para pensar un mundo atravesado por la guerra y la conciencia.
Un mundo, además, interconectado, donde las decisiones de unos pocos tienen consecuencias globales y la neutralidad es cada vez más difícil de sostener. Las guerras ya no ocurren “lejos”: sus efectos —económicos, políticos, humanos— atraviesan fronteras y afectan a sociedades enteras. Y, sin embargo, también lo hace la solidaridad.
Las movilizaciones de este fin de semana no cambiarán por sí solas el curso de la guerra. Pero introducen una grieta en el relato dominante: el de la inevitabilidad. Recordar que la guerra puede y debe ser cuestionada es, en sí mismo, un acto de resistencia democrática.
Mientras las procesiones avanzan, lentas, como suspendidas en el tiempo, hay otros recorridos que se trazan en las calles del presente: los de quienes se niegan a aceptar que la violencia sea el único lenguaje posible. Entre el estruendo de las bombas y el silencio de los pasos, se abre un espacio frágil pero necesario: el de la conciencia.
Y en ese espacio —como intuía Camus— todavía es posible elegir de qué lado de la historia queremos estar.

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