ESPAÑA EMPIEZA EN LOS AYUNTAMIENTOS
A medida que se acercan las elecciones municipales de 2027, vuelve a emerger una vieja tentación de la política española como es convertir cada cita con las urnas en un plebiscito nacional. Y tanto es así que vuelve la tentación de los superdomingos donde se tratará de aglutinar diversos esfuerzos electorales.
Así, los debates locales quedan relegados a un segundo plano mientras las campañas se llenan de mensajes diseñados para Madrid, para los líderes estatales y para la confrontación entre bloques. Sin embargo, es imprescindible preguntarse si esta dinámica fortalece realmente nuestra democracia o si, por el contrario, la empobrece.
Los ayuntamientos constituyen la administración más cercana a la ciudadanía. Son la primera puerta a la que llaman los vecinos cuando surgen problemas de vivienda, movilidad, abastecimiento de agua, mantenimiento urbano, atención social o acceso a servicios públicos. Allí donde las grandes declaraciones ideológicas encuentran sus límites, comienza la política cotidiana, la que afecta directamente a la calidad de vida de las personas.
Por eso es necesario preservar el espacio propio de las elecciones municipales. No porque los municipios vivan aislados de la realidad nacional, sino porque desempeñan una función diferente. Mientras los gobiernos estatales diseñan grandes estrategias, los ayuntamientos gestionan la vida diaria de los ciudadanos. Y ambas responsabilidades merecen ser evaluadas con criterios distintos.
La creciente nacionalización de la política corre el riesgo de diluir esa diferencia. Cuando el voto municipal se interpreta exclusivamente como un apoyo o castigo a los líderes nacionales, desaparece parte de la capacidad de los ciudadanos para juzgar la gestión concreta de quienes administran sus calles, sus barrios y sus pueblos. Y ahí es donde debe estar el debate sobre los servicios públicos, la planificación urbana o el desarrollo económico local. Y ese debate no puede quedar eclipsado por controversias que, aunque legítimas, pertenecen a otro ámbito institucional.
Esta reflexión adquiere una importancia especial en el medio rural. En cientos de municipios españoles, especialmente en comunidades con una fuerte dispersión poblacional, el ayuntamiento es mucho más que una administración. Es una herramienta de cohesión social, un interlocutor permanente y, en ocasiones, la última garantía de que determinados servicios continúen llegando a la población. Allí donde la distancia física respecto a los grandes centros de decisión es mayor, la relevancia de la política local se multiplica.
No es casualidad que algunos de los grandes pensadores de la democracia hayan situado el poder local en el centro de sus análisis. Alexis de Tocqueville, político y jurista francés, escribió una frase que conserva toda su vigencia dos siglos después: "Las instituciones municipales son para la libertad lo que las escuelas primarias son para la ciencia; la ponen al alcance del pueblo". La democracia no se aprende únicamente en los parlamentos ni se fortalece exclusivamente mediante grandes debates nacionales. Se construye desde abajo, en la participación cotidiana de los ciudadanos en los asuntos que afectan directamente a sus comunidades.
Quizá por eso las elecciones municipales merecen su propio tiempo político. Un tiempo para hablar de gestión, de proximidad, de servicios públicos, de desarrollo local y de convivencia. Un tiempo para evaluar proyectos concretos y no únicamente estrategias partidistas. Un tiempo para recordar que la democracia no se sostiene solo desde las instituciones centrales, sino también desde los miles de municipios que conforman el país.
Las municipales de 2027 tendrán, inevitablemente, lecturas nacionales. Siempre las han tenido. Pero sería un error que esa interpretación eclipsara su verdadera naturaleza. Antes que un examen para los líderes estatales, deberían ser una oportunidad para reforzar la democracia más cercana, la que los ciudadanos pueden tocar, exigir y transformar cada día.
Porque las naciones se gobiernan desde las capitales, pero la democracia, cuando funciona de verdad, empieza en los ayuntamientos.

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