LA JUSTICIA EN PENUMBRA
Recuperando una de las reflexiones más lúcidas de Maria Ressa, periodista filipina galardonada con el Premio Nobel de la Paz en 2021, conviene recordar su advertencia: “Sin hechos, no hay verdad; sin verdad, no hay confianza; sin confianza, no hay democracia.” Tres pilares que sostienen ese eje inequívoco entre periodismo, ciudadanía y libertades públicas. Y, sin embargo, esta semana hemos asistido a una perturbación profunda de esa línea: en lugar de buscar certezas, buena parte del debate público se ha extraviado en el imperio de la especulación interesada.
Hace tiempo que convertimos en sospechoso todo aquello que no encaja en nuestro propio marco ideológico, utilizándolo como prueba irrefutable de que “los otros” nos engañan. Es una estrategia corrosiva que nos aleja del respeto al discrepante y nos impide cuestionar nuestras propias certezas. En ese terreno fértil para la desconfianza, el país —como tantos otros— redobla la farándula del escarnio público, alimentada por quienes han aprendido a pescar en la desidia social y en la fatiga del pensamiento crítico.
Hemos permitido que los cenizos de turno se erijan en voceros del supuesto cataclismo permanente, mientras los de siempre erosionan, con suma paciencia, los fundamentos de la convivencia, la justicia y la democracia. Basta mirar estos últimos cinco días de espectáculo judicial para advertir que algo esencial se ha torcido: hemos desplazado la balanza hasta el punto de exigir que sea la inocencia la que deba justificarse, olvidando que la carga de la prueba recae —siempre— en demostrar la culpabilidad. Una deriva inquietante que nos deja demasiado expuestos a nuevas estrategias políticas basadas en distraer, polarizar y señalar contrarios, en vez de resolver problemas reales.
Ressa lo resume con un diagnóstico implacable: “Estamos en un sistema en el que se ha introducido un virus de mentiras y, a menos que tengamos una vacuna contra ello, se lo terminará comiendo todo.” Y esa indigestión, permanente y colectiva, la padecemos todos, estemos donde estemos en este rompecabezas social cada vez más fragmentado.
Mientras tanto, parte del periodismo contemporáneo se dispersa en múltiples estrategias para sobrevivir en un entorno híper-digitalizado que premia la inmediatez por encima del contexto. Pecamos al olvidar un principio elemental: el mejor periodista no es quien cuenta algo primero, sino quien lo cuenta mejor. Ese tiempo para la verificación, para la duda honesta, para el contraste, no es un lujo: es una condición indispensable para sostener la confianza en una época que parece jugar siempre en contra de la verdad.
La semana de crónicas judiciales y posteriores tertulias deja un aprendizaje amargo: hemos permitido que la integridad de los hechos quede subordinada a la mentira oportuna y oportunista, sin que nadie —ni siquiera los poderes llamados a garantizar las reglas del juego— ataje la especulación interesada de unos pocos. Quizá sea una nueva señal de que seguimos desangrando nuestra esperanza en los últimos minutos de una democracia que merece algo mucho mejor que esta erosión constante.

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