LA CONFIANZA EN LA PALABRA
Las democracias contemporáneas atraviesan una paradoja inquietante: la mentira política ya no es una sombra que se desliza en secreto, sino una evidencia expuesta ante la luz pública. Jacques Derrida advirtió en su semiótica de la deconstrucción que “la mentira moderna no se basa en lo oculto”, sino en aquello que todos vemos y aceptamos sin pestañear. La falsedad ya no necesita máscaras; hoy prospera en lo explícito, en lo dicho mil veces, en lo repetido hasta desgastar cualquier resistencia crítica.
Esa mentira que desgasta nunca se define solo por su falta de verdad, sino por la intencionalidad que la sostiene. Y, sobre todo, por el daño que produce. No es un juego retórico, no es un baile de palabras ambiguas: es un acto que incide en la vida común, en la legislación, en la economía familiar, en el clima de convivencia. La mentira política es eficaz cuando sabe detectar el punto vulnerable de una sociedad cansada, polarizada o temerosa.
En nuestro país, la confrontación política ha convertido la mentira pública en una herramienta identitaria. El debate público se construye demasiadas veces sobre performances de la verdad, donde lo importante no es la evidencia sino la fidelidad al relato propio. La mentira se normaliza cuando se convierte en marca de pertenencia: creer o dudar ya no define una relación con la realidad, sino con el grupo.
Esto no sucede en el vacío. Derrida señala algo crucial: las mentiras políticas reflejan las mentiras de los conciudadanos. Dicho de otro modo, la mentira institucional encuentra terreno fértil cuando la sociedad decide que hay verdades que prefiere no mirar. Cuando aceptar la complejidad resulta incómodo y es más fácil abrazar la simplificación emocional, el adversario se convierte en enemigo, el desacuerdo en traición, el dato en sospecha. Una demostración más de la necesidad como sociedad por tomar en serio lo que es imprescindible para cada uno de nosotros. Una responsabilidad individual por frenar nuestra propia dejadez injustificable sobre la certeza que nos pueda rodear.
Las redes sociales han acelerado este proceso, pero no lo han creado. Su papel ha sido multiplicar la velocidad con la que una afirmación, aunque sea falsa, adquiere forma de convicción. Allí donde antes la mentira exigía cierta sutileza estratégica, ahora basta con la repetición y el impacto. El click sustituye al argumento. Y en ello somos auténticos cómplices del declive.
Defender la democracia hoy no consiste solo en proteger instituciones o votar cada cierto tiempo. También implica una tarea íntima y colectiva: aprender a sostener la verdad, incluso cuando es incómoda, incluso cuando no favorece a quienes preferimos políticamente. El compromiso democrático exige reconocer que la realidad es compleja y que ninguna identidad ideológica es dueña exclusiva de la razón.
La pregunta importante no es cuántas mentiras se dicen, sino qué estamos dispuestos a tolerar de ellas. El peligro no es que nos engañen, sino que dejemos de preocuparnos por ser engañados. Y en esa tesitura solamente respaldamos esa extraña capacidad de mirar a otro lado y deshumanizar nuestra propia conciencia.
No se trata de exigir héroes morales en la política, sino de recuperar una ciudadanía capaz de exigir transparencia, rigor y responsabilidad. De lo contrario, la verdad seguirá siendo reemplazada por la convicción vacía y la democracia perderá aquello que la hace digna de ser defendida: la confianza en la palabra como espacio común.

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