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Mostrando entradas de marzo, 2022

UN PARÉNTESIS PARA RIMAR

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  Se le atribuye al padre de la poesía moderna un verso incesante dentro de su Carpe Diem para alabar esa actitud: “ No dejes de creer que las palabras y las poesías sí pueden cambiar el mundo”. Un estupendo destino que debería sobreponernos a estos tiempos demasiado incorrectos donde podemos regresar a otras partes de la historia de nuestra civilización que saben más de insidia y desesperanza. Hemos regresado a la primavera como único elemento h alagador de todo lo que nos rodea, mientras dejamos en el aire los estornudos de un planeta que sigue girando a pesar de tantas zancadillas de quienes lo habitamos. En verdad, vivimos apretando demasiados calendarios para enumerar el anecdotario del tiempo público, ese con el que despertamos cada día para dejarnos bien sentaditos ante las reflexiones universales de esta estancia limitada donde parece reinar en demasía aquello de s álvese quien pueda. Llevamos demasiado tiempo a caballo en esta cruzada de estereotipos partidistas para segui

A LA LUZ DEL MIEDO

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  Decía el inventor Nikola Tesla que “todos somos uno. Solo los egos, creencias y miedos nos separan” . Y de esos tres actores desagregadores tenemos bastante cuerda en estos tiempos. Están de moda esos primeros que rayan el egocentrismo con quienes lidiamos demasiados asuntos que nos acechan a los ciudadanos de acera diaria. No hay nada mejor que prestar oído a la cadena de declaraciones que nos ofrecen incesantemente en los medios de comunicación para aparejar los intereses personales de quienes representan algo más que a una ciudadanía e intentar llenar con un nuevo vocerío el globo de las siglas de turno. Tampoco nos sirven en demasía cuando lo imprescindible es alejarse del debate y retorcer cualquier hecho o dato para distanciar posturas en esa polaridad tan arraigada en la política actual. De esta manera el hueco es cada vez más incesante, dejándonos a todos en los lados de ese abismo de contrincantes y con los pies bien juntitos a la orilla del barranco. Pocas oportunidades p

LOS OJOS QUE NO VEN

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  Recordaba el diplomático Maquiavelo que “ e n general, los hombres juzgan más por los ojos que por la inteligencia, pues todos pueden ver, pero pocos comprenden lo que ven”. Y en esas andamos, sustentando diariamente centenares de imágenes y testimonios que comienzan a completar el puzzle perfecto para cualquier desgracia que nos pueda venir encima. Toda una incesante estrategia para mantenernos en una pseudoalerta constante y seguir lidiando con la realidad propia amenazada por aquello de que nos creíamos imbatibles por la globali zación de este mundo. A estas alturas cualquiera de nosotros hemos caído en la sospecha de no recibir todos los datos sobre los conflictos que tenemos ante nuestros ojos. Nos dejaron en casa ante la amenaza invisible de un pordiosero virus que nos doblegó entre demasiados muertos y afectados que duplicaban el miedo en cada esquina de nuestras calles. Y nos encontramos con un tratamiento bélico de tanto acontecer que nos sirvió para entender que, de a

ADICTOS

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Ya lo decía Fiódor Dostoyevski: “somos adictos a lo que nos destruye”. Y lo somos tanto y con tan buena calidad que repetimos anecdotarios propios que navegan en cada década que nos resistimos a vivir. El que más y el que menos comienza a resignarse con que cualquier situación se hará posible en este mundo en el que nos toca coexistir. Infravaloramos una epidemia mundial que llevaba meses mordiendo a un país que nos quedaba tan lejos que pensábamos que nuestras fronteras no dejarían pasar. Algo parecido comienza a anidar en los desconsolados ciudadanos que sabemos, cada vez más, de malas noticias en medio de un intento de sacar la cabeza ante tanto fango. Entre los toques a nuestra puerta de amenazas nucleares y el nefasto movimiento de refugiados hacia lugares donde mantenerse sólo a salvo de las bombas, nos está quedando esta segunda década del nuevo siglo con ciertos tics que parecen derribar demasiados cimientos que dábamos por eternos. Mientras unos llenan su existencia empuñan

LA PALABRERÍA DE LA GUERRA

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  En una de las citas del libro de Philip Pullman, Luces del norte , se reedita un dicho muy nuestro con aquello de que “por mucho que hablemos, no cambiaremos las cosas. Si queremos cambiarlas, tenemos que actuar”. Y, ciertamente, vivimos unos tiempos maniqueos de argumentarios donde la verborrea interminable de apuntes, datos, disquisiciones incompletas y demás parentela, provocan la disrupción de esa necesaria reflexión de lo que tenemos ante nuestros ojos todos los días. Llevamos unos años donde el estruendo de acontecimientos improbables desata nuestro estupor sobre un futuro que rezuma demasiada inseguridad y queda extrañado de la esencia de cualquier sociedad: la paz y la solidaridad. A pesar de reinventar en cada momento principios de respeto y democratizar las decisiones de quienes nos representan, vemos que en cualquier tris, la decisión de unos pocos refrenda las soluciones de siempre entre arcaicos puñetazos. Todo un espectáculo que en estos tiempos alardea de directísimo