CELEBRANDO LA IGNORANCIA





 Ya advertía Carl Sagan en El mundo y sus demonios que “el embrutecimiento se hace más evidente en la lenta decadencia del contenido sustancial, en medios influyentes, en programaciones dirigidas al mínimo común denominador… pero sobre todo, en una especie de celebración de la ignorancia”.

Aquel diagnóstico de 1995 podría incluso quedarse corto ante la circunstancia inquietante en la que hoy nos reconocemos, un espejo válido para casi cualquier ciudad o país. Hemos ido recortando el saber hasta reducirlo a expresiones veloces, desprovistas de criterio, que consumimos con desgana pero reproducimos con fervor. Rechazamos aquello que exige tiempo y reflexión, quizá porque preferimos el alivio inmediato a la responsabilidad de pensar. Sin reordenar lo que fuimos, difícilmente sabremos lo que hacemos.

La necesidad de verdad en lo que vemos parece haberse supeditado a una fe acrítica en líderes que no elegimos por su capacidad de comprendernos, sino por la comodidad de dejarnos guiar, incluso cuando esa guía nos conduce a ser cómplices involuntarios de sus propios intereses.

Tal vez estemos olvidando el sentido cualitativo de la patria como espacio compartido y diverso para sustituirlo por una enumeración estrecha de diferencias excluyentes que nos empobrece y nos deja huérfanos de solidaridad, atrapados en la vorágine de la sospecha y el agravio.

Sagan intuía un tiempo en el que el interés público sería incapaz de comprender los problemas que le afectan. Y quizás es aquí donde nos encontramos: lanzando piedras al desacuerdo, desmantelando el diálogo y esperando que algo —o alguien— nos rescate de un desconcierto que nosotros mismos alimentamos. Transitamos entre el negacionismo más obstinado y un conservadurismo hiperbólico que deja poco espacio para el debate pausado, para el tiempo y las formas. En lugar de valorar la transformación, la evidencia o la propia entropía de la civilización que protagonizamos, convertimos la diversidad en territorio de confrontación y la diferencia en motivo de despotismo.

Tal vez, en esta celebración tan rentable para algunos, estemos olvidando la potencia que encierra reconocer nuestra propia ignorancia. Desvinculamos el pensamiento crítico de la exigencia fundamental de existir responsablemente. Es posible que, como  recordaba el pionero de la exobiología, “la primera gran virtud de la humanidad fue la duda, y el primer gran defecto la fe”. Y quizá sea precisamente ahí, en la renuncia a la duda, donde nos hemos ido arrinconando.

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