LA CONSTITUCIÓN Y SU TERRITORIO
Cada 6 de diciembre solemos mirar hacia Madrid, hacia los grandes discursos institucionales, pero rara vez bajamos la mirada hasta el territorio donde la Constitución realmente respira: los ayuntamientos. Son ellos, con sus recursos limitados y su contacto directo con la ciudadanía, quienes ponen en marcha buena parte de los derechos que el texto constitucional reconoce. Y sin embargo, pocas veces se les menciona cuando hablamos del Día de la Constitución.
La Constitución de 1978 dibujó un país descentralizado que confiaba en la autonomía municipal como pilar democrático. El artículo 140 proclama la garantía de la autonomía de los municipios, una frase breve que encierra una responsabilidad enorme: hacer efectivo el derecho a la vivienda, la igualdad, la participación vecinal o la cohesión social desde la escala más cercana a la vida cotidiana.
Pero esa promesa choca a menudo con la realidad. Los ayuntamientos se encuentran atrapados entre las expectativas ciudadanas y un marco financiero rígido, con normas sobre el uso de remanentes que han limitado durante años su capacidad de inversión en servicios públicos esenciales. Mientras tanto, son los primeros en atender emergencias habitacionales, gestionar conflictos de convivencia, apoyar al tejido cultural, dinamizar barrios o sostener políticas sociales frente a la vulnerabilidad creciente.
En este sentido, el Día de la Constitución debería invitarnos a evaluar si el país que construimos desde abajo está realmente alineado con los principios del texto del 78. ¿Puede hablarse de igualdad territorial cuando los municipios pequeños ven cómo se vacían de servicios? ¿Cumplimos con el mandato de solidaridad cuando se exige a los ayuntamientos que hagan más con menos? ¿Respetamos la autonomía local si seguimos recargando sobre ellos responsabilidades sin garantizar financiación suficiente?
La democracia se juega en los plenos municipales, en la gestión del día a día, en la transparencia de los presupuestos, en la capacidad de escuchar a vecinos y asociaciones, en la creatividad para enfrentar problemas estructurales con herramientas limitadas. Ahí es donde la Constitución deja de ser un texto y se convierte en práctica real.
Por eso, celebrar el 6 de diciembre no debería ser un ritual distante, sino una oportunidad para recordar que el pacto constitucional se vuelve significativo cuando logra transformar la vida de los barrios: cuando un ayuntamiento puede rehabilitar vivienda pública, abrir un centro cultural, modernizar un transporte más sostenible o garantizar que una familia no quede atrás.
Si algo nos enseña la Constitución es que la democracia es una tarea compartida. Ya lo encontramos en el logógrafo Isócrates cuando afirmaba que “La constitución es el alma de los Estados”. Y en esa alma están los ayuntamientos que siguen siendo, con todas sus dificultades, el primer eslabón de esa tarea: el lugar donde la ciudadanía toca la política con la mano.
Tal vez este año el mejor homenaje sea escucharlos más, dotarlos mejor y reconocer que sin ellos la Constitución no tendría suelo donde sostenerse.

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