LA CARGA DE LO HUMANO

 



Explica Byung-Chul Han —nuestro reciente Premio Princesa de Asturias de Comunicación y Humanidades— que “los inmigrantes y los refugiados tienen más probabilidades de ser percibidos como cargas que como amenazas”. En esa frase se encierra una verdad incómoda: no vivimos una crisis de identidad colectiva, sino una crisis de mirada.

Lo que Han advierte no es una novedad moral, sino el síntoma de un tiempo que ha perdido la capacidad de pensar despacio. El discurso dominante —en los medios, en las redes, en las conversaciones rápidas del día a día— no invita a comprender, sino a clasificar. Se trata de etiquetar antes que empatizar, de señalar antes que convivir. Y así, entre etiquetas, los “otros” se convierten en una categoría abstracta, sin rostro ni historia.

La paradoja es que en una sociedad hiperconectada, donde circula más información que nunca, nuestra comprensión, se ha vuelto más superficial. Han lo llama la infoesfera, ese espacio donde la información no ilumina, sino que confunde; donde los hechos se transforman en opinión instantánea, y la opinión en arma arrojadiza. Nos movemos dentro de una burbuja de hiperrealidad en la que la percepción ha sustituido a la experiencia.

Mientras tanto, los discursos políticos en lugar de desactivar el miedo, lo rentabilizan. Se habla de “invasión” o de “efecto llamada” con la misma facilidad con la que se olvida que detrás de cada cuerpo hay una biografía atravesada por la pérdida. Nadie nos cuenta —como bien señala Han— la verdadera razón por la que seguimos polarizando derechos y deberes: porque la desigualdad es más rentable que la justicia.

Lo que hoy se vende como defensa de la identidad nacional no es más que un nuevo envoltorio del viejo mito de la pureza. Una narrativa peligrosa que busca dividir desde una supuesta esencia de lo que somos, olvidando que toda identidad es mestiza, fruto del encuentro, del intercambio y del conflicto.

En este contexto, el frentismo político se convierte en un entretenimiento más dentro del mercado de la atención. Se discute menos por convicción que por algoritmo. La responsabilidad cede su espacio a la consigna, y la reflexión a la consigna viral. Los nuevos emperadores de las redes —influencers, opinadores, falsos expertos— gobiernan sobre un territorio donde el conocimiento se confunde con el ruido.

Pero aún queda margen para la esperanza: repensar lo humano desde la empatía. Recuperar el valor de la palabra y del pensamiento libre. Entender que un refugiado no es una carga ni una amenaza, sino un espejo de nuestra propia vulnerabilidad.

Porque, al final, el verdadero desafío no es protegernos del otro, sino recordar quiénes somos cuando dejamos de ver al otro como un ser humano.

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