EL OSCURO ASERTOR SOCIAL
Afirmaba Martin Luther King en aquel discurso de 1963 en Detroit que “no soy negro, soy hombre”. Un aserto que dignifica más allá de la pigmentación de la piel o de las culturas propias de cada uno de nosotros. Si en aquel tiempo se tuvo que luchar por derechos sociales que estuvieran por encima del origen individual, parece que nos encontramos en la segunda ola donde los hechos delictivos deban estar vinculados con esa relación étnica que posiciona la desigualdad jurídica. De nada nos servirá retroceder en la igualdad de las personas para corregir situaciones desde el miedo al diferente o a la diversidad social.
Reconozcamos que hemos asumido que la delincuencia recurre al color y a la cultura que nos es distinta, a pesar de contar con los datos que niegan este panegírico a esas teorías del reemplazo tan bien situadas en el extremismo intelectual. Una experiencia que hace casi un siglo nos dejó en la estacada de la mentira y el oprobio racista con unas consecuencias que nadie vio en su momento, pero que siguen rechinando en las correas de nuestra historia contemporánea. A pesar de ello, comienzan a sumarse demasiados alegatos facilones apuntando a una causa simplista para acabar con problemas mucho más enquistados por resolver. Y todo ello, para seguir condicionando nuestro miedo a expectativas delirantes que nunca terminarán con un solo enemigo.
Nuestro ordenamiento jurídico es clarificador para entender la seguridad como un conjunto de normas para las personas que viven o habitan en sociedad. El resto de condiciones sociales, étnicas o culturales desacreditarían esa imparcialidad constitucional como base a nuestra convivencia. Mientras tanto, seguimos enredando con el contexto equivocado del que, al final, se aprovecharán quienes simplifican el problema en la herida del odio impropio.
Corren malos tiempos para entender la realidad que nos rodea, desbaratando la reflexión a base del ruido ensordecedor de conciencias y dejando sin argumentos propios con los que acunar verdades que se acerquen a las soluciones. Demasiadas premisas toscas para clarificar nuestra estrategia como una sociedad libre y robusta de principios.
Tal vez, como decía el historiador y filósofo Arnold J. Toynbee, “una civilización crece y prospera cuando su respuesta a un desafío no sólo tiene éxito, sino que estimula una nueva serie de desafíos”. Y por el momento, el éxito lo seguimos aupando con el fracaso de nuestra propia conciencia que oscurece demasiado entre el odio y el frentismo.
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