LA INSENSIBILIDAD PELIGROSA


 Ya decía el escritor y humanista Isaac Asimov, hace ya más de medio siglo, que “Nos acostumbramos a la violencia y esto no es bueno para nuestra sociedad. Una población insensible es una población peligrosa”. Y si hace más de 50 años podíamos detectar este lastre social en nuestra convivencia, reconozcamos que nuestra actualidad suma más despropósito de cara a entender nuestros propios errores y cuitas. 

En nuestro país tenemos una gran ejemplaridad sobre despersonalizar las heridas del pasado para recurrir a contextos inflamados que no corresponden a la realidad y a sus víctimas. En nuestra historia, demasiado reciente aunque bastante olvidada, tenemos ejemplos poderosos de la persecución ideológica del que piensa diferente como escarnio de tantos inmovilistas que siguen abanderando una creencia siempre basada en el sentimentalismo que tanto nos encierra en la posverdad de cada día. 

A pesar de las décadas violentas que han vivido la cronología de todas las civilizaciones, parece que tenemos la capacidad de oscurecer todo aquello que no interesa para aplaudir ese inmerecido enfado que solo representa nuestra propia indiferencia. Somos capaces de irritar nuestra capacidad crítica con lo que digan unos y otros, pero desmerecemos a nuestros propios ojos ante la atrocidad de la violencia por aquello de justificar los bandos que nunca cuentan toda la verdad. Retorcemos los conceptos para seguir despreciando los derechos humanitarios que siempre salvan a todas las corrientes respetando el pensamiento y la posición de unos y otros. 


Tal vez lo más caótico es que acostumbrarse a la violencia física y verbal representa al nuevo enemigo ya no solo de la convivencia, sino de nuestro propio destino. El absolutismo de las propuestas desbanca la realidad que sigue siendo una parodia para nuestros ojos, descartando las evidencias de una realidad que sigue sufriendo el desaire de la desconsideración pública. Y lo peor de todo, rompemos en añicos la capacidad enriquecedora de las posiciones diversas para seguir ensimismados en el sentimiento individual que busca la complacencia de su propio clan. Parece que estamos constantemente tirando la moneda al aire afanados en jugarnos la suerte de nuestra existencia. Pero como también decía el profesor de bioquímica, “la suerte favorece sólo a la mente preparada”. Y de esa preparación tampoco tenemos evidencias.


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