EL DOUBLESPEAK DELIBERADO
“Haz justicia con alguien y terminarás amándole. Pero si eres injusto con él acabarás por odiarlo”. Esta frase atribuida a John Ruskin, sociólogo y escritor inglés del siglo XIX, nos deja un espejo paralelo a ciertas agonías presentes, donde el doublespeak deliberado le gana terreno en este mundo hipercomunicado aunque esclavo de su propia superficialidad.
Llevamos casi una década en la casilla de salida de esta polarización mediática, social, política y casi personal, donde buscamos la estrategia perfecta para seguir promoviendo más frentismo y disidencia. Retorcemos los hechos para redimir posiciones a pesar de cacarear la manipulación de los demás. Sin embargo, tanta ensoñación actual nos deja en el oscuro debate eterno de la dicotomía entre el amor y el odio. Nuestra sabiduría popular sigue dando más respuestas que las sesudas razones virales que engrandecen, a nuestro pesar, la carencia de pensamiento crítico. A pesar del binomio de los bandos, seguimos como en una colonia de hormigas trazando diversidad de razones para volver al agujero que más nos conviene.
En algún momento nos han ganado la partida las estrategias del engaño, en las que materializamos la anécdota con los hechos comprobados para desviar la realidad al inframundo de lo desconcertante. Seguimos la estela de considerar las ayudas sociales como las paguitas del mentiroso, mientras aumenta el número de personas que trabajan y quieren seguir trabajando. Una realidad que se adivina con datos mientras nos cuelan que casi todos en esta patria nuestra prefiere no trabajar.
Nos enredamos con la semiótica lingüística para desfigurar tragedias que nunca vienen bien y seguir tirando del hilo de la batalla demagógica. Regalamos justicia perecedera para continuar señalando enemigos a nuestro día a día.
Mientras tanto, rivalizamos en el orgullo de pertenencia para seguir idolatrando tantas tramas que desfiguran nuestra propia realidad, mucho más positiva que todo lo que expresamos. Una tragedia para nuestro destino presente con la que arrebatamos lo importante, que no es otra cosa que seguir creciendo en todo aquello que impulsamos hace décadas por aquello de corregir el orgullo del devoto frente al paria social.
Ruskin ya decía que “de la rivalidad no puede salir nada hermoso; y del orgullo, nada noble.” Tal vez sea el tiempo de darle más nobleza a nuestra humanidad y empezar a despreciar la rivalidad contra nosotros mismos.

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