LA CONCIENCIA ABRUMADA



 Podemos decir que nos encontramos en una época donde la conciencia limpia se encuentra demasiado abrumada para descabalgar el desaliento. Y digo limpia de expurgar muchos estereotipos que llevamos en el lomo de nuestra experiencia, dejándonos excesivamente aislados de datos, por aquello de no matar nuestro propio relato. Decía el escritor John Steinbeck en un diálogo de su novela Las uvas de la ira: “No abrumes a los demás con tus pecados. No es decente”. Y parece que en esa falta de decencia hemos instalado el mejor contexto para repatriar a nuestra actualidad la grosería del engaño masivo. 

Pasamos de reivindicar la limpieza de nuestro quehacer mientras encubrimos nuestros propios pecados en el olvido de los tiempos. Equiparamos destrezas para el disimulo mientras aupamos a los gallitos de parte que alardean como eruditos de la ontología más básica. Increpamos los pecados de los otros para acallar demasiado fango por donde deslizar el respeto al ajeno y la integridad del conocimiento. Tal vez, por ello, se hace cada vez más difícil defender la honestidad más allá del dedo inquisidor al contrario que tan fácil nos resulta. 

Reconozcamos que asumimos una coyuntura donde cada vez se hace más difícil conversar en la serenidad de la tolerancia y repudiar cualquier hecho o reseña con el relato trucado de la parte elegida. Una circunstancia que nos embelesa dejando nuestra conciencia abrumada expuesta al fracaso orgánico del entendimiento.

Más allá de asumir los palos políticos de unos y otros, dejamos deambular a los salvadores multidisciplinares que siempre han estado hambrientos para empoderar un sinfín de pensamientos únicos donde adoctrinar la ira colectiva como anzuelo del desconsuelo. Toda una cosecha donde el pasado siempre debe volver ante un presente que, desde su propia falta de certeza, zozobra entre tanto cinismo colectivo. 

Tal vez, como relata Steineck en su capítulo 25, “en el alma del pueblo, las uvas de la ira se están llenando y se están volviendo pesadas, cada vez más pesadas para la vendimia”. Quizás sea difícil redimir, casi un siglo después, la historia que repite nuestra existencia de pasados. Pero todavía podemos corregir el lugar y el tiempo para recolectar la flaqueza de lo sembrado y darle una oportunidad a nuestra propia decencia.




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