LA NECESIDAD DE VOLVER A CONSTRUIR
La visita del papa León XIV a España se produce en uno de los
momentos más complejos para las relaciones internacionales desde el
final de la Guerra Fría. Las guerras en Ucrania y Oriente Medio, la
creciente rivalidad entre las grandes potencias, el cuestionamiento
de los organismos multilaterales y el resurgir de discursos
nacionalistas han configurado un escenario marcado por la
incertidumbre y la fragmentación.
En este contexto, la
presencia del pontífice trasciende ese ámbito religioso para
alcanzar una dimensión política como es la defensa de la
convivencia entre los pueblos y la búsqueda de espacios de
entendimiento en un mundo cada vez más polarizado.
La
historia contemporánea ofrece numerosos ejemplos del papel
desempeñado por la Santa Sede en favor del diálogo internacional.
Desde el llamamiento de Juan XXIII durante la crisis de los misiles
de Cuba hasta la publicación de la encíclica Pacem in Terris,
pasando por las iniciativas diplomáticas impulsadas por Pablo VI
ante los conflictos de la Guerra Fría o los esfuerzos de Juan Pablo
II para favorecer la reconciliación entre pueblos enfrentados, la
Iglesia católica ha intentado ejercer una influencia moral orientada
a la prevención de los conflictos y la promoción de la paz.
Más
recientemente, el pontificado de Francisco reforzó esa tradición
mediante una constante apelación al multilateralismo, al desarme y a
la necesidad de construir una cultura del encuentro frente a la
lógica de los bloques enfrentados. Sus intervenciones sobre la
guerra en Ucrania, las migraciones o la crisis climática respondían
a una misma convicción: los grandes desafíos contemporáneos no
pueden resolverse desde el aislamiento ni desde la confrontación
permanente.
León XIV parece situarse en esa misma línea.
Sus primeros mensajes públicos han insistido en la importancia del
diálogo entre Estados, el respeto al derecho internacional y la
necesidad de preservar los espacios de cooperación internacional en
un momento en que numerosas instituciones atraviesan una evidente
crisis de credibilidad.
Tras décadas de expansión de la
globalización, asistimos a un tiempo de repliegues nacionales,
tensiones comerciales y disputas geopolíticas que amenazan con
erosionar los mecanismos de cooperación construidos durante
generaciones. En demasiados lugares se extiende la idea de que la
fuerza puede sustituir al acuerdo y de que los intereses particulares
deben prevalecer sobre cualquier proyecto compartido.
Frente
a esa tendencia, el mensaje del Papa recupera esa idea de que la paz
no es un estado natural, sino una construcción política,
diplomática y social que exige voluntad de entendimiento. Ningún
conflicto complejo se resuelve mediante la simple imposición de una
de las partes. La estabilidad duradera solo puede edificarse sobre el
reconocimiento mutuo, y especialmente desde el respeto a la dignidad
humana.
De ahí, la relevancia especial de las
migraciones. Millones de personas abandonan sus hogares cada año
empujadas por las guerras, las persecuciones, la pobreza extrema o
las consecuencias del cambio climático. Y en torno a esta realidad
se ha desarrollado un intenso debate político que con frecuencia
oscila entre el miedo y la simplificación.
La posición
del Papa no es nueva para la doctrina social de la Iglesia. Los
Estados tienen derecho a gestionar sus fronteras y ordenar los flujos
migratorios, pero también tienen la obligación moral de proteger la
dignidad y los derechos fundamentales de quienes buscan refugio o una
oportunidad para reconstruir sus vidas.
España conoce
bien esta realidad. Como frontera sur de Europa y puente entre
continentes, nuestro país se encuentra en una posición privilegiada
para comprender tanto los desafíos como las oportunidades que
plantea la movilidad humana. En una sociedad marcada por el
envejecimiento demográfico y la despoblación de amplias zonas
rurales, la inmigración forma ya parte de la respuesta a numerosos
retos económicos y sociales.
La visita de León XIV
invita así a una reflexión más amplia sobre el mundo que estamos
construyendo. Un mundo en el que los conflictos armados vuelven a
ocupar espacios que parecían definitivamente superados, donde crecen
las desigualdades y donde la tentación del repliegue identitario
gana terreno en numerosas democracias.
Ante ese panorama,
la tradición diplomática de la Santa Sede mantiene una vigencia
singular. No dispone de ejércitos ni de poder económico comparable
al de los grandes Estados, pero conserva la capacidad de recordar una
verdad sencilla y a menudo olvidada sobre la paz que se construye
tendiendo puentes y no levantando muros.
Quizá por eso la
visita de León XIV a España adquiere un significado que trasciende
cualquier agenda institucional. Su presencia recuerda que las
relaciones internacionales no pueden reducirse a intereses
estratégicos, balances militares o disputas comerciales. También
dependen de valores compartidos, de la voluntad de diálogo y de la
convicción de que ninguna sociedad puede prosperar de forma duradera
si renuncia a la cooperación y a la solidaridad. Y en estos tiempos
de incertidumbre global, de polarización de mensajes y de
interpretaciones interesadas, ese mensaje más amplio y transversal
merece, por lo menos, ser escuchado.
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